Un envejecido galeón, atracado en el puerto, espera en silencio, pero Sandokán no deja de escuchar su burla entre los golpes del agua: 'No eres hombre para un tesoro, ni yo soy barco para un ancla; abandona la posada y vayamos a buscar fortuna en otro lugar'. Después de cruzar cinco mares buscando un tesoro, lo único que ha encontrado ha sido lluvia. La misma lluvia que ahora azota su navío y mantiene las velas arriadas.
Siete años atrás, en una posada de las Célebes, un pirata renegado le regaló un mapa al terminar la cuarta botella de ron. 'Ahí lo tienes, el tesoro; yo no fui capaz de encontrarlo y ahora ya no tengo fuerzas. Sólo quiero vivir en paz con mi mujer y dar gracias de haber llegado a viejo conservando mi cuello sano.'
Y Sandokán soñó que encontraría una isla con forma de mujer, una isla con un tesoro. Vivir despierto es creer en los sueños, por más que eso sea quedarse solo gritando, mientras alrededor flote un silencio sumiso. Gritar. Gritar. Contra el silencio.
- ¿Queréis descansar? ¡Malditos seáis! En el próximo puerto que se baje todo el que quiera descansar. ¿Queréis pasar el resto de vuestra vida en una posada, borrachos de ron y magreando camareras, durmiendo sobre una tabla quieta sin oleaje? ¿A eso es lo que aspiráis? ¿A eso llamáis vida? Pues, ¡adelante! ¡Que se baje el que quiera!
El país del sol naciente está al otro lado del mundo, o a la mitad del camino. Más o menos, porque la otra mitad está por andar aún. Nunca se sabe que devendrá.
- ¿Cuánto me queda para el puerto del Águila, señor?
- La mitad.
Augusto sonríe recordando la enigmática respuesta en los Andes venezolanos. La mitad.
También la mitad de su vida. Más o menos, porque la otra mitad está aún por vivir. Y nunca se sabe.
Le han regalado un libro en el que todos los capítulos terminan con una pregunta, y le parece un espejo de su vida misma, capítulos que terminan en una pregunta sin responder, pero no por falta de respuestas, sino porque ninguna de ellas llega a ser honesta. Sonríe recordando su infancia, desde bien temprano los libros le parecieron siempre más fiables que la vida de los hombres.
'El Coyote' gritaba cuando un hacendado era injusto con su servidumbre, y le marcaba la oreja para siempre con un disparo. Si había hecho algo realmente cruel, le marcaba las dos. Sandokán gritaba si veía a un almirante inglés tirando con desprecio una moneda al suelo a quien le afilaba la espada; le seguía durante días para abordarle y abrir todos sus cofres llenos de monedas, aunque no para robarle: 'Mira lo que voy a hacer con tus monedas, Almirante'. Y las tiraba al mar.
Sólo los libros gritan al ver la injusticia, al ver la mentira; los hombres, no. Gritar puede salir caro.
Pero Augusto no perdió la esperanza, y soñó que en la universidad encontraría luz para tanta pregunta, la esperanza es lo que mantiene vivo a quien ama a una mujer. Empero, en el ilustre cortijo, sus eminencias y las bibliotecas repletas de sesudas tesis, en lugar de respuestas tenían un cartel: 'Se ruega silencio'. 'No despierten a los que duermen', le hubiera gustado añadir a tío Hesse. Él era de los que gritaban.
- Toma, come una zanahoria, son buenas para la vista.
- ¿Por qué son buenas para la vista? -preguntó el Principito.
- ¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿Tú has visto alguna vez un conejo con gafas? -contestó el abuelo.
El Principito se quedó callado. Efectivamente, nunca había visto a un conejo con gafas y los conejos comían zanahorias, así que en adelante siempre aceptó las zanahorias crudas que le daba su abuelo.
- Abuelo, hoy un hombre ha dicho que la limosna la inventaron los ricos para engañar a los pobres; para que siempre haya pobres, ¿es verdad?
- Abuelo ¿por qué otros matrimonios no se quieren como la abuela y tú?
El Principito preguntaba sin cesar, pero el abuelo estaba dentro de un ataúd, sin moverse, y ya no podría responderle nunca.
Así pues, el Principito aterrizó en la Tierra bien provisto de preguntas y con una vista excelente. Llegó también lo que tenía que llegar.
- ¡No! ¡Eso no es justo! - y gritó por primera vez.
Y de pie, gritando, frente a su solemne y sorprendida señoría, descubrió aterrado un imponente silencio: de golpe, aparecieron juntas la tripulación que duerme en las posadas y los conejos con gafas. 'Se ruega silencio'.
Perder la confianza en tus compañeros de partida no significa perder la propia, y pese a salir derrotado en la bravata descubrió con extraña alegría que no importaba: había encontrado un ejército, y estaba dentro de él.
De hecho, todo estaba dentro de él. Las respuestas, también. Y el grito le llevó a reconocer otros gritos, hay hombres que gritan en este mundo, pero son solitarios; ninguno de ellos se acompañaría de una tripulación para los menesteres importantes de la vida. Abordar un galeón inglés no precisa confiar a ciegas en tus camaradas, pero buscar el tesoro que vale una vida es una empresa en la que ningún pirata se acompañaría de un conejo con gafas.
- Abuelo, ¿todos los que gritan son solitarios?
- Abuelo, quien lidera a conejos con gafas no es un gritón ¿verdad? Es un mentiroso que habla de justicia para ser rico y dar limosna a los pobres ¿verdad?
Clavijo terminó su cena y pidió permiso a su mujer y al capitán de su ejército para poder levantarse de la mesa. Al momento regresó trayendo su espada consigo, envainada; puso una afectuosa mano en el hombro de su capitán y se la ofreció.
- Cuando alguien se aventura fuera del reino sin permiso de su emperador, ni salvoconducto alguno, expone su vida en ello y ha de prever que acontecerán situaciones peligrosas. No camines como monje, sino como soldado. Acepta esta espada y que te ayude en tu aventura.
Valdés, emocionado por el gesto, tomó la espada de su señor, y trató de despedirse.
- Mi señor… vos sabéis que esta espada estará para siempre a vuestra disposición, para defender vuestra vida y la de vuestra familia. Pero ahora, aquí en Isfahán, con vuestro matrimonio, la vida se ha tornado demasiado cómoda para mí. El agua caliente del hamam me vuelve perezoso, las alfombras son demasiado agradables para despertarme al alba, la cena está esperando cada noche como un perro fiel y siento que no he hecho nada ese día para merecerla…
- Partid, Valdés. Partid -dijo Clavijo, abandonando la estancia.
Volé de Tokyo a Anchorage con el sarcófago de la bici gratis gracias a la gentileza de Singapore airlines, y fue el inicio de una nueva etapa bajo buena estrella otra vez. De nuevo, las cosas salen mejor que bien.
En Anchorage me recibe Dave, un contacto de warmshowers.org (un club de hospitalidad entre ciclistas que en América funciona bastante bien), y me dice que ha venido su hijo de visita y hay un nuevo plan:
- Fin de semana en el Denali National Park, ¿te apuntas?
- Siiiii!
Y el bueno de Dave me lleva a acampar en el parque, un lujo muy lejos de mi bolsillo, y vemos alces, renos, un par de osos, cabras salvajes, e incluso el Mackinley, pues gozamos de un infrecuente cielo despejado en Alaska (llueve bastante y si no, está nublado). Una mole de montañas blancas que se elevan desde apenas 500 metros a más de 6000. Todo un capirote de nata.
Al regreso, toca un día de shopping, no queda más remedio que usar la tarjeta. Ni mi bici ni mi equipamiento pueden afrontar otro año en este lamentable estado: ruedas, transmisión, frenos y pedales para el galeón, y ropa de lluvia para la tripulación, que está hasta las narices de que le cale la lluvia. Aunque consigo algunas cosas de segunda mano, el sablazo me deja tieso y no queda más remedio que celebrarlo con ron; no es que parezcamos una fragata inglesa, pero ahora estamos más decentes para encarar el camino.
Y por fin llega Fred. Fred trabaja para Air Alaska y me había ofrecido la posibilidad de volar casi gratis a Prudhoe Bay, allá en la costa ártica, en el paralelo 70. 'Así puedes cruzar América desde una punta a la otra'. Resulta ser un tipo genial que vive en un bosque a 30 km de la ciudad, y que por 30 euros de tasas de aeropuerto me mete en el avión junto a 68 trabajadores de la empresa petrolera, en el que es el vuelo interno más caro de los EE.UU. Vivo días tocado por la fortuna.
Prudhoe Bay/Deadhorse existe porque allí hay petróleo, y hay una carretera hacia el sur porque hay también un oleoducto que mantener. No fue hasta finales de los 90 que abrieron la carretera al tráfico civil, y a los ciclistas. Pero eso es casi todo lo que hay. Por delante tengo más de 800 km hasta el próximo supermercado, en Fairbanks. Hay un par de cafeterías, donde paran los camioneros, con precios comprensiblemente astronómicos, y eso es todo. Lo demás, es tundra y taiga. Voy a tope de comida pero lo que no me esperaba es que la carretera estuviese en tan malas condiciones (se supone que este país es el más rico del mundo).
Salgo del aeropuerto montado en la bici a las 6 de la tarde del 2 de junio. Fuera me reciben dos grados bajo cero y un viento de ballenas que hiela todo a su paso. Me abrigo, saco la espada y a duras penas me abro camino en la batalla. Aquí no se queja nadie, estoy en plena costa del Ártico y no esperaba cocoteros, ni sol como bienvenida.
Un simpático cartel, al comienzo de la Dalton hw, avisa: 'próximos servicios, 240 millas'.
Es el primer día y estoy fuerte. Aunque el viento me corta el rostro y a veces me empuja fuera de la carretera, consigo alejarme 50 km. Cuanto más al sur esté, menos viento habrá. Pero he de ir tan concentrado en la pista de gravilla que apenas puedo mirar el panorama, el lugar donde estoy: la tundra. Paisaje insólito; creo que (dejando atrás los Polos) para una bici es el ecosistema menos accesible del planeta; hay una zona de tundra en la 'carretera de los huesos' siberiana, y no estoy seguro de si en el norte de Noruega hay tundra.
Aquí, en Alaska, la tundra es una llanura que aún no ha despertado del invierno; los pequeños matorrales tratan de abrirse camino entre el hielo y la nieve, para revivir un par de meses antes de que vuelva a caer el letargo del frío. La carretera está construida en elevación para evitar el daño que hace el permafrost de la tundra, y el 80% de ella no tiene asfalto sino gravilla y piedras, pues el asfalto se daña muy fácilmente con los movimientos del permafrost. Así que los lugares donde puedo parar, descansar, acampar, son los 'descansos laterales' de la carretera, que bien llevan a un acceso al oleoducto, o son los restos de un área donde hubo maquinaria. Fuera de eso, la tundra es inaccesible: donde no hay nieve es un pantanal de agua-hielo, una suerte de piel de elefante surcada por regueros y lagunas. Insólito. Vaya lugar para vivir.
Trato de poner la tienda pero el viento es de locos, a veces me hace perder el equilibrio a mí. Imposible. Bien, ya que no hay noche aquí, pues el sol no se pone, decido seguir y en algún momento el viento bajará. Tengo suerte y 10 km más tarde encuentro los vagones de un campamento del oleoducto. Es ilegal, pero ni me lo pienso (¡primer día en los EE.UU. y lo termino con allanamiento de morada!). La cocina está abierta y me instalo a descansar ahí. El viento mueve los vagones como si fueran juncos y hace un ruido insoportable, pero estoy a salvo.
Son las 12 de la noche y el sol está a unos 6 dedos del horizonte, casi en el norte ya. Cocino y malduermo unas horas esperando que en la mañana no venga nadie de la compañía...
En la mañana vienen… los veo… escondido… ellos no me ven….
Prosigo.
Conforme avanzo al sur, el viento cede y la temperatura sube, pero aún detenerme y descansar es recibir el azote del ártico y castañetear los dientes. Con todo, avanzo. Y alcanzo el río Savaganirkto, una zona algo más amable, donde el viento amaina bastante y el paisaje comienza a poblarse de matorrales más altos, de casi medio metro algunos, y empiezo a ver algo de verde. Hay menos nieve e hielo y la cordillera Brooks asoma lejana en el horizonte. Cruzarla es la promesa de la taiga, algo más llevadero que la tundra, protegido por las montañas. Es la divisoria de Alaska, deja cielo e infierno en ambos lados.
Un día más y por fin comienzo a subir colinas, a tener las montañas cada vez más cerca, cada vez se van haciendo más grandes y claras. A la tarde ya veo los glaciares y la entrada al corredor del Antigun, pero estoy derrotado. Llevo 3 días pedaleando muchas horas por piedra y gravilla contra el viento y el frío. Encuentro un lago donde hay una estación ártica de Biología, pero en el último instante decido un último esfuerzo que da para alcanzar el corredor: el comienzo del fin de la tundra.
Llego lastimosamente, muy cansado, para acampar en el lago Galbraith, y tras cocinar y saciarme me recupero un poco. Menudo paisaje tengo enfrente. Las montañas están cuajadas de glaciares y el corredor es una autopista de la prehistoria. El camino migratorio de los renos, y detrás de ellos llegó el hombre, cruzando de Euroasia a América para cazarlos, y se encontró con la taiga, y más al sur, el Amazonas. Es impresionante, un lugar majestuoso; me estremece saber que este paisaje no ha cambiado apenas durante los últimos miles de años, y que los renos siguen migrando a través de él. No hay muchos lugares en el planeta que puedan presumir de eso. Pero yo no estoy a la altura, demasiado cansado y me meto en la tienda a dormir.
A las 2 de la 'noche' me despierto y salgo a contemplar el sol de medianoche; la claridad es más que una luz de amanecer, es completamente de día. El sol parece moverse sobre el horizonte rumbo al este, para volver a subir otra vez. No deja de tener gracia, pero mi ritmo de sueño se ha vuelto loco.
Atravieso el corredor y a mediodía estoy en el paso de Antigun, a 1420 m. Trato de descubrir los primeros árboles, pero lo que me recibe es una tormenta fortísima. Loco de contento, me pongo mi reluciente chaquetón nuevo: que llueva lo que quiera.
Por fin doy con el primer árbol al sur, o el último al norte, según viajes. Un pobre abetillo mustio de apenas tres metros, más muerto que vivo, pero gritando su presencia contra la muerte de los largos inviernos. Y al seguir bajando van apareciendo más y más árboles, hasta que doy con un río y a lo largo de su cauce los árboles crecen y crecen, por fin voy entrando en la taiga. También… los mosquitos.
Su fama les precede y ellos no dejan a nadie por mentiroso. Nubes de veloces y hambrientos zancudos me atacan cuando no llueve o no hace viento. Cuando hay sol, nada se puede hacer sino relajarse y soportarles revoloteando alrededor.
Mi bici está atascada de barro y decido acampar. No me puedo quitar la ropa de lluvia pues es mi armadura contra las picaduras, hasta tengo una mosquitera para la cabeza. En esa ridícula guisa, ale, a lavar la bici en el río. Después toca echar coraje, quitarse la armadura y darse un baño. No sé si por los mosquitos o por la temperatura del agua, pero en cinco minutos estoy listo. Creo que el agua…, mi piel se puso roja como de quemadura.
El día siguiente es el más cómodo de la ruta: buen tiempo y muchos kilómetros junto al río, atravesando bosques y panoramas montañosos, la Alaska de las postales. Además, es la breve zona asfaltada y llego a Coldfoot entusiasmado con la belleza del paisaje. Coldfoot es un enorme café para camioneros, en incluso hotel, donde me permito un cafelito y un descanso. Incluso pienso en acampar temprano ese día, pero el viento del sur que me estaba frenando cambia gracias a una tormenta que viene del norte: ¡pies para que os quiero!
Vuelo durante 10 kilómetros hasta que la tormenta se desvía hacia el oeste y me quedo solo sin una mísera brisa. Terrible; sin viento, los mosquitos juegan en casa. Para ponerlo peor, desde Coldfoot hasta el lejano Fairbanks la carretera es una sucesión de colinas y montañas sin una milla plana y el asfalto vuelve a desaparecer, así que me encuentro subiendo rampas muy despacio con una nube de zancudos rodeándome, no para aplaudir sino para acribillarme.
En el fondo, me caen simpáticos; se colocan tras de mí en escuadrillas, perfecta formación, y tratan de alcanzar algún milímetro de piel sin repelente o atravesar la camiseta. Algunos saltan en pleno vuelo para agarrarse a una alforja, como James Bond saltando a un tren en marcha, y entonces esperan el momento oportuno para atacar. Tremendos. No me queda más remedio que aceptar los picotazos y acostumbrarme, cada cuesta es una donación de sangre.
Así paso un par de días, alternando paisajes bonitos y mosquitos, con mosquitos y paisajes bonitos, hasta que doy con el río Yukón, todo un señor río, donde está el otro café de la ruta. Allí conozco a unos simpáticos moteros ingleses que tienen un año sabático y me cruzo con un chico ciclista de Anchorage, que ha pactado con una furgoneta para que le dejen víveres en los cafés. Trato de sonreírle, pero ambos sabemos que está haciendo trampas.
Y la verdad es que hay poco turismo aquí: los coches-caravana no se aventuran por carreteras malas y veo apenas 3-4 al día; motos, igual, tal vez 6-8 al día. La mayoría de mis vecinos son los camioneros y camionetas de la empresa petrolera, que reducen al pasarme y me saludan, aunque nadie para a charlar un rato; en los EE.UU. el tiempo es dinero, y no es una frase. Algo acelerados, me parecen, incapaces de mantener una charla más de cinco minutos. Ellos dicen que viven igual que ven la tele, cambiando constantemente de canal.
Por supuesto, me hago la foto de rigor al cruzar la línea del Círculo Polar y después llega el bofetón. A sólo 70 km de salir de la Dalton y enlazar con la carretera que lleva a Fairbanks, una carretera bien construida y asfaltada con la que sueño, empieza a llover con violencia otra vez.
Vaya día. No por la lluvia sino por el barrizal en que se convierte la pista. Subo y bajo colinas hasta el atardecer, muy lentamente pues además me estoy quedando sin comida y he de racionarla; voy muy justo de energías, las suficientes para poder pedalear sin caerme de una pájara. Debilucho por el hambre y cubierto de barro, mi estampa es para echarse a llorar, y la bici, mejor no la miro que me echo a llorar. Algo bueno tiene y es que el barro me protege de los mosquitos.
Pero hasta el infierno tiene un fin y doy con la carretera a Fairbanks, casi sale el sol y puedo secar algo la tienda, aunque asumo que esa noche la pasaré algo mojada y bastante sucio.
¡Pues no! Lo más fascinante de viajar en bici es lo imprevisible, nunca sabes que va a pasar, y 20 km más adelante encuentro una enorme cabaña que hace de tienda y recepción para un resort de bungalows del que nadie me había hablado. Pese a mi aspecto me dejan entrar y me zampo en dos bocados, dos magdalenas de cuarto de kilo cada una. Estoy en irme cuando llega Joe, el dueño y patriarca de una curiosa familia de 23 hijos (18 adoptados, casi todos nativos indios o inuits). Resulta ser un tipo simpático y charlamos un rato. Cuando le digo que he de continuar, me frena, y me dice: 'chaval, tú hoy mereces un buen descanso'. Y me lleva a una sauna-ducha para que me lave, y después me instala en una litera de un autobús modificado. Genial, me encanta que los planes salgan bien.
Finalmente llego a Fairbanks en un largo día, pero con la calma de una carretera buena y de saber que me esperan con comida y cama. Janet y Robert me dan un recibimiento de lujo y paso con ellos 4 días descansando y recuperándome de la paliza. A veces, en la noche, cierro los ojos y casi no me lo creo: vaya días. Estoy feliz de haberla podido terminar sin ayuda, pero no volvería atrás ni aunque me hubiera dejado el pasaporte olvidado.
Después, rumbo a Canadá, el paisaje torna boscoso, algunos lagos, ríos, que me regalan varias acampadas de postal, y hay muchos animales, aunque de los osos solo he visto huellas por el momento. Me hacen compañía, como un castor que estaba en su lago frente a mi tienda, nadando y buscando su cena mientras yo cocinaba mi arroz. Pero no deja de ser cierto que algún ruido o alguna sombra me pone el corazón en un puño, por si aparece un oso husmeando mi comida. Lobos… ya he tenido una aventura con uno de ellos, pero esa es una historia para un día de invierno con un colacao calentito.
Siete años atrás, en una posada de las Célebes, un pirata renegado le regaló un mapa al terminar la cuarta botella de ron. 'Ahí lo tienes, el tesoro; yo no fui capaz de encontrarlo y ahora ya no tengo fuerzas. Sólo quiero vivir en paz con mi mujer y dar gracias de haber llegado a viejo conservando mi cuello sano.'
Y Sandokán soñó que encontraría una isla con forma de mujer, una isla con un tesoro. Vivir despierto es creer en los sueños, por más que eso sea quedarse solo gritando, mientras alrededor flote un silencio sumiso. Gritar. Gritar. Contra el silencio.
- ¿Queréis descansar? ¡Malditos seáis! En el próximo puerto que se baje todo el que quiera descansar. ¿Queréis pasar el resto de vuestra vida en una posada, borrachos de ron y magreando camareras, durmiendo sobre una tabla quieta sin oleaje? ¿A eso es lo que aspiráis? ¿A eso llamáis vida? Pues, ¡adelante! ¡Que se baje el que quiera!
El país del sol naciente está al otro lado del mundo, o a la mitad del camino. Más o menos, porque la otra mitad está por andar aún. Nunca se sabe que devendrá.
- ¿Cuánto me queda para el puerto del Águila, señor?
- La mitad.
Augusto sonríe recordando la enigmática respuesta en los Andes venezolanos. La mitad.
También la mitad de su vida. Más o menos, porque la otra mitad está aún por vivir. Y nunca se sabe.
Le han regalado un libro en el que todos los capítulos terminan con una pregunta, y le parece un espejo de su vida misma, capítulos que terminan en una pregunta sin responder, pero no por falta de respuestas, sino porque ninguna de ellas llega a ser honesta. Sonríe recordando su infancia, desde bien temprano los libros le parecieron siempre más fiables que la vida de los hombres.
'El Coyote' gritaba cuando un hacendado era injusto con su servidumbre, y le marcaba la oreja para siempre con un disparo. Si había hecho algo realmente cruel, le marcaba las dos. Sandokán gritaba si veía a un almirante inglés tirando con desprecio una moneda al suelo a quien le afilaba la espada; le seguía durante días para abordarle y abrir todos sus cofres llenos de monedas, aunque no para robarle: 'Mira lo que voy a hacer con tus monedas, Almirante'. Y las tiraba al mar.
Sólo los libros gritan al ver la injusticia, al ver la mentira; los hombres, no. Gritar puede salir caro.
Pero Augusto no perdió la esperanza, y soñó que en la universidad encontraría luz para tanta pregunta, la esperanza es lo que mantiene vivo a quien ama a una mujer. Empero, en el ilustre cortijo, sus eminencias y las bibliotecas repletas de sesudas tesis, en lugar de respuestas tenían un cartel: 'Se ruega silencio'. 'No despierten a los que duermen', le hubiera gustado añadir a tío Hesse. Él era de los que gritaban.
- Toma, come una zanahoria, son buenas para la vista.
- ¿Por qué son buenas para la vista? -preguntó el Principito.
- ¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿Tú has visto alguna vez un conejo con gafas? -contestó el abuelo.
El Principito se quedó callado. Efectivamente, nunca había visto a un conejo con gafas y los conejos comían zanahorias, así que en adelante siempre aceptó las zanahorias crudas que le daba su abuelo.
- Abuelo, hoy un hombre ha dicho que la limosna la inventaron los ricos para engañar a los pobres; para que siempre haya pobres, ¿es verdad?
- Abuelo ¿por qué otros matrimonios no se quieren como la abuela y tú?
El Principito preguntaba sin cesar, pero el abuelo estaba dentro de un ataúd, sin moverse, y ya no podría responderle nunca.
Así pues, el Principito aterrizó en la Tierra bien provisto de preguntas y con una vista excelente. Llegó también lo que tenía que llegar.
- ¡No! ¡Eso no es justo! - y gritó por primera vez.
Y de pie, gritando, frente a su solemne y sorprendida señoría, descubrió aterrado un imponente silencio: de golpe, aparecieron juntas la tripulación que duerme en las posadas y los conejos con gafas. 'Se ruega silencio'.
Perder la confianza en tus compañeros de partida no significa perder la propia, y pese a salir derrotado en la bravata descubrió con extraña alegría que no importaba: había encontrado un ejército, y estaba dentro de él.
De hecho, todo estaba dentro de él. Las respuestas, también. Y el grito le llevó a reconocer otros gritos, hay hombres que gritan en este mundo, pero son solitarios; ninguno de ellos se acompañaría de una tripulación para los menesteres importantes de la vida. Abordar un galeón inglés no precisa confiar a ciegas en tus camaradas, pero buscar el tesoro que vale una vida es una empresa en la que ningún pirata se acompañaría de un conejo con gafas.
- Abuelo, ¿todos los que gritan son solitarios?
- Abuelo, quien lidera a conejos con gafas no es un gritón ¿verdad? Es un mentiroso que habla de justicia para ser rico y dar limosna a los pobres ¿verdad?
Clavijo terminó su cena y pidió permiso a su mujer y al capitán de su ejército para poder levantarse de la mesa. Al momento regresó trayendo su espada consigo, envainada; puso una afectuosa mano en el hombro de su capitán y se la ofreció.
- Cuando alguien se aventura fuera del reino sin permiso de su emperador, ni salvoconducto alguno, expone su vida en ello y ha de prever que acontecerán situaciones peligrosas. No camines como monje, sino como soldado. Acepta esta espada y que te ayude en tu aventura.
Valdés, emocionado por el gesto, tomó la espada de su señor, y trató de despedirse.
- Mi señor… vos sabéis que esta espada estará para siempre a vuestra disposición, para defender vuestra vida y la de vuestra familia. Pero ahora, aquí en Isfahán, con vuestro matrimonio, la vida se ha tornado demasiado cómoda para mí. El agua caliente del hamam me vuelve perezoso, las alfombras son demasiado agradables para despertarme al alba, la cena está esperando cada noche como un perro fiel y siento que no he hecho nada ese día para merecerla…
- Partid, Valdés. Partid -dijo Clavijo, abandonando la estancia.
Volé de Tokyo a Anchorage con el sarcófago de la bici gratis gracias a la gentileza de Singapore airlines, y fue el inicio de una nueva etapa bajo buena estrella otra vez. De nuevo, las cosas salen mejor que bien.
En Anchorage me recibe Dave, un contacto de warmshowers.org (un club de hospitalidad entre ciclistas que en América funciona bastante bien), y me dice que ha venido su hijo de visita y hay un nuevo plan:
- Fin de semana en el Denali National Park, ¿te apuntas?
- Siiiii!
Y el bueno de Dave me lleva a acampar en el parque, un lujo muy lejos de mi bolsillo, y vemos alces, renos, un par de osos, cabras salvajes, e incluso el Mackinley, pues gozamos de un infrecuente cielo despejado en Alaska (llueve bastante y si no, está nublado). Una mole de montañas blancas que se elevan desde apenas 500 metros a más de 6000. Todo un capirote de nata.
Al regreso, toca un día de shopping, no queda más remedio que usar la tarjeta. Ni mi bici ni mi equipamiento pueden afrontar otro año en este lamentable estado: ruedas, transmisión, frenos y pedales para el galeón, y ropa de lluvia para la tripulación, que está hasta las narices de que le cale la lluvia. Aunque consigo algunas cosas de segunda mano, el sablazo me deja tieso y no queda más remedio que celebrarlo con ron; no es que parezcamos una fragata inglesa, pero ahora estamos más decentes para encarar el camino.
Y por fin llega Fred. Fred trabaja para Air Alaska y me había ofrecido la posibilidad de volar casi gratis a Prudhoe Bay, allá en la costa ártica, en el paralelo 70. 'Así puedes cruzar América desde una punta a la otra'. Resulta ser un tipo genial que vive en un bosque a 30 km de la ciudad, y que por 30 euros de tasas de aeropuerto me mete en el avión junto a 68 trabajadores de la empresa petrolera, en el que es el vuelo interno más caro de los EE.UU. Vivo días tocado por la fortuna.
Prudhoe Bay/Deadhorse existe porque allí hay petróleo, y hay una carretera hacia el sur porque hay también un oleoducto que mantener. No fue hasta finales de los 90 que abrieron la carretera al tráfico civil, y a los ciclistas. Pero eso es casi todo lo que hay. Por delante tengo más de 800 km hasta el próximo supermercado, en Fairbanks. Hay un par de cafeterías, donde paran los camioneros, con precios comprensiblemente astronómicos, y eso es todo. Lo demás, es tundra y taiga. Voy a tope de comida pero lo que no me esperaba es que la carretera estuviese en tan malas condiciones (se supone que este país es el más rico del mundo).
Salgo del aeropuerto montado en la bici a las 6 de la tarde del 2 de junio. Fuera me reciben dos grados bajo cero y un viento de ballenas que hiela todo a su paso. Me abrigo, saco la espada y a duras penas me abro camino en la batalla. Aquí no se queja nadie, estoy en plena costa del Ártico y no esperaba cocoteros, ni sol como bienvenida.
Un simpático cartel, al comienzo de la Dalton hw, avisa: 'próximos servicios, 240 millas'.
Es el primer día y estoy fuerte. Aunque el viento me corta el rostro y a veces me empuja fuera de la carretera, consigo alejarme 50 km. Cuanto más al sur esté, menos viento habrá. Pero he de ir tan concentrado en la pista de gravilla que apenas puedo mirar el panorama, el lugar donde estoy: la tundra. Paisaje insólito; creo que (dejando atrás los Polos) para una bici es el ecosistema menos accesible del planeta; hay una zona de tundra en la 'carretera de los huesos' siberiana, y no estoy seguro de si en el norte de Noruega hay tundra.
Aquí, en Alaska, la tundra es una llanura que aún no ha despertado del invierno; los pequeños matorrales tratan de abrirse camino entre el hielo y la nieve, para revivir un par de meses antes de que vuelva a caer el letargo del frío. La carretera está construida en elevación para evitar el daño que hace el permafrost de la tundra, y el 80% de ella no tiene asfalto sino gravilla y piedras, pues el asfalto se daña muy fácilmente con los movimientos del permafrost. Así que los lugares donde puedo parar, descansar, acampar, son los 'descansos laterales' de la carretera, que bien llevan a un acceso al oleoducto, o son los restos de un área donde hubo maquinaria. Fuera de eso, la tundra es inaccesible: donde no hay nieve es un pantanal de agua-hielo, una suerte de piel de elefante surcada por regueros y lagunas. Insólito. Vaya lugar para vivir.
Trato de poner la tienda pero el viento es de locos, a veces me hace perder el equilibrio a mí. Imposible. Bien, ya que no hay noche aquí, pues el sol no se pone, decido seguir y en algún momento el viento bajará. Tengo suerte y 10 km más tarde encuentro los vagones de un campamento del oleoducto. Es ilegal, pero ni me lo pienso (¡primer día en los EE.UU. y lo termino con allanamiento de morada!). La cocina está abierta y me instalo a descansar ahí. El viento mueve los vagones como si fueran juncos y hace un ruido insoportable, pero estoy a salvo.
Son las 12 de la noche y el sol está a unos 6 dedos del horizonte, casi en el norte ya. Cocino y malduermo unas horas esperando que en la mañana no venga nadie de la compañía...
En la mañana vienen… los veo… escondido… ellos no me ven….
Prosigo.
Conforme avanzo al sur, el viento cede y la temperatura sube, pero aún detenerme y descansar es recibir el azote del ártico y castañetear los dientes. Con todo, avanzo. Y alcanzo el río Savaganirkto, una zona algo más amable, donde el viento amaina bastante y el paisaje comienza a poblarse de matorrales más altos, de casi medio metro algunos, y empiezo a ver algo de verde. Hay menos nieve e hielo y la cordillera Brooks asoma lejana en el horizonte. Cruzarla es la promesa de la taiga, algo más llevadero que la tundra, protegido por las montañas. Es la divisoria de Alaska, deja cielo e infierno en ambos lados.
Un día más y por fin comienzo a subir colinas, a tener las montañas cada vez más cerca, cada vez se van haciendo más grandes y claras. A la tarde ya veo los glaciares y la entrada al corredor del Antigun, pero estoy derrotado. Llevo 3 días pedaleando muchas horas por piedra y gravilla contra el viento y el frío. Encuentro un lago donde hay una estación ártica de Biología, pero en el último instante decido un último esfuerzo que da para alcanzar el corredor: el comienzo del fin de la tundra.
Llego lastimosamente, muy cansado, para acampar en el lago Galbraith, y tras cocinar y saciarme me recupero un poco. Menudo paisaje tengo enfrente. Las montañas están cuajadas de glaciares y el corredor es una autopista de la prehistoria. El camino migratorio de los renos, y detrás de ellos llegó el hombre, cruzando de Euroasia a América para cazarlos, y se encontró con la taiga, y más al sur, el Amazonas. Es impresionante, un lugar majestuoso; me estremece saber que este paisaje no ha cambiado apenas durante los últimos miles de años, y que los renos siguen migrando a través de él. No hay muchos lugares en el planeta que puedan presumir de eso. Pero yo no estoy a la altura, demasiado cansado y me meto en la tienda a dormir.
A las 2 de la 'noche' me despierto y salgo a contemplar el sol de medianoche; la claridad es más que una luz de amanecer, es completamente de día. El sol parece moverse sobre el horizonte rumbo al este, para volver a subir otra vez. No deja de tener gracia, pero mi ritmo de sueño se ha vuelto loco.
Atravieso el corredor y a mediodía estoy en el paso de Antigun, a 1420 m. Trato de descubrir los primeros árboles, pero lo que me recibe es una tormenta fortísima. Loco de contento, me pongo mi reluciente chaquetón nuevo: que llueva lo que quiera.
Por fin doy con el primer árbol al sur, o el último al norte, según viajes. Un pobre abetillo mustio de apenas tres metros, más muerto que vivo, pero gritando su presencia contra la muerte de los largos inviernos. Y al seguir bajando van apareciendo más y más árboles, hasta que doy con un río y a lo largo de su cauce los árboles crecen y crecen, por fin voy entrando en la taiga. También… los mosquitos.
Su fama les precede y ellos no dejan a nadie por mentiroso. Nubes de veloces y hambrientos zancudos me atacan cuando no llueve o no hace viento. Cuando hay sol, nada se puede hacer sino relajarse y soportarles revoloteando alrededor.
Mi bici está atascada de barro y decido acampar. No me puedo quitar la ropa de lluvia pues es mi armadura contra las picaduras, hasta tengo una mosquitera para la cabeza. En esa ridícula guisa, ale, a lavar la bici en el río. Después toca echar coraje, quitarse la armadura y darse un baño. No sé si por los mosquitos o por la temperatura del agua, pero en cinco minutos estoy listo. Creo que el agua…, mi piel se puso roja como de quemadura.
El día siguiente es el más cómodo de la ruta: buen tiempo y muchos kilómetros junto al río, atravesando bosques y panoramas montañosos, la Alaska de las postales. Además, es la breve zona asfaltada y llego a Coldfoot entusiasmado con la belleza del paisaje. Coldfoot es un enorme café para camioneros, en incluso hotel, donde me permito un cafelito y un descanso. Incluso pienso en acampar temprano ese día, pero el viento del sur que me estaba frenando cambia gracias a una tormenta que viene del norte: ¡pies para que os quiero!
Vuelo durante 10 kilómetros hasta que la tormenta se desvía hacia el oeste y me quedo solo sin una mísera brisa. Terrible; sin viento, los mosquitos juegan en casa. Para ponerlo peor, desde Coldfoot hasta el lejano Fairbanks la carretera es una sucesión de colinas y montañas sin una milla plana y el asfalto vuelve a desaparecer, así que me encuentro subiendo rampas muy despacio con una nube de zancudos rodeándome, no para aplaudir sino para acribillarme.
En el fondo, me caen simpáticos; se colocan tras de mí en escuadrillas, perfecta formación, y tratan de alcanzar algún milímetro de piel sin repelente o atravesar la camiseta. Algunos saltan en pleno vuelo para agarrarse a una alforja, como James Bond saltando a un tren en marcha, y entonces esperan el momento oportuno para atacar. Tremendos. No me queda más remedio que aceptar los picotazos y acostumbrarme, cada cuesta es una donación de sangre.
Así paso un par de días, alternando paisajes bonitos y mosquitos, con mosquitos y paisajes bonitos, hasta que doy con el río Yukón, todo un señor río, donde está el otro café de la ruta. Allí conozco a unos simpáticos moteros ingleses que tienen un año sabático y me cruzo con un chico ciclista de Anchorage, que ha pactado con una furgoneta para que le dejen víveres en los cafés. Trato de sonreírle, pero ambos sabemos que está haciendo trampas.
Y la verdad es que hay poco turismo aquí: los coches-caravana no se aventuran por carreteras malas y veo apenas 3-4 al día; motos, igual, tal vez 6-8 al día. La mayoría de mis vecinos son los camioneros y camionetas de la empresa petrolera, que reducen al pasarme y me saludan, aunque nadie para a charlar un rato; en los EE.UU. el tiempo es dinero, y no es una frase. Algo acelerados, me parecen, incapaces de mantener una charla más de cinco minutos. Ellos dicen que viven igual que ven la tele, cambiando constantemente de canal.
Por supuesto, me hago la foto de rigor al cruzar la línea del Círculo Polar y después llega el bofetón. A sólo 70 km de salir de la Dalton y enlazar con la carretera que lleva a Fairbanks, una carretera bien construida y asfaltada con la que sueño, empieza a llover con violencia otra vez.
Vaya día. No por la lluvia sino por el barrizal en que se convierte la pista. Subo y bajo colinas hasta el atardecer, muy lentamente pues además me estoy quedando sin comida y he de racionarla; voy muy justo de energías, las suficientes para poder pedalear sin caerme de una pájara. Debilucho por el hambre y cubierto de barro, mi estampa es para echarse a llorar, y la bici, mejor no la miro que me echo a llorar. Algo bueno tiene y es que el barro me protege de los mosquitos.
Pero hasta el infierno tiene un fin y doy con la carretera a Fairbanks, casi sale el sol y puedo secar algo la tienda, aunque asumo que esa noche la pasaré algo mojada y bastante sucio.
¡Pues no! Lo más fascinante de viajar en bici es lo imprevisible, nunca sabes que va a pasar, y 20 km más adelante encuentro una enorme cabaña que hace de tienda y recepción para un resort de bungalows del que nadie me había hablado. Pese a mi aspecto me dejan entrar y me zampo en dos bocados, dos magdalenas de cuarto de kilo cada una. Estoy en irme cuando llega Joe, el dueño y patriarca de una curiosa familia de 23 hijos (18 adoptados, casi todos nativos indios o inuits). Resulta ser un tipo simpático y charlamos un rato. Cuando le digo que he de continuar, me frena, y me dice: 'chaval, tú hoy mereces un buen descanso'. Y me lleva a una sauna-ducha para que me lave, y después me instala en una litera de un autobús modificado. Genial, me encanta que los planes salgan bien.
Finalmente llego a Fairbanks en un largo día, pero con la calma de una carretera buena y de saber que me esperan con comida y cama. Janet y Robert me dan un recibimiento de lujo y paso con ellos 4 días descansando y recuperándome de la paliza. A veces, en la noche, cierro los ojos y casi no me lo creo: vaya días. Estoy feliz de haberla podido terminar sin ayuda, pero no volvería atrás ni aunque me hubiera dejado el pasaporte olvidado.
Después, rumbo a Canadá, el paisaje torna boscoso, algunos lagos, ríos, que me regalan varias acampadas de postal, y hay muchos animales, aunque de los osos solo he visto huellas por el momento. Me hacen compañía, como un castor que estaba en su lago frente a mi tienda, nadando y buscando su cena mientras yo cocinaba mi arroz. Pero no deja de ser cierto que algún ruido o alguna sombra me pone el corazón en un puño, por si aparece un oso husmeando mi comida. Lobos… ya he tenido una aventura con uno de ellos, pero esa es una historia para un día de invierno con un colacao calentito.